Y gracias a la vida, soy poeta | Carlos Enrique Rivera Chacón

TESTAMENTO

La tierra,
debe ser de todos los hombres.
Debo reclamarle a Dios,
pero apenas alcanzo a tocar su pelo.

Mientras veo al viento
copulando al día
me doy cuenta de que, Él, la repartió
entre todos aquellos
que no necesitan nada.

Protesto…

Cada bocanada de aire y
cada pedazo de suelo
pertenecen a todos los hombres.
El amor con Dios se rompe
y sus promesas quedan esparcidas
en el silencio.

El aire, el fuego, el agua, la tierra
deben ser del hombre,
del pobre que bosteza al sol,
del que sufre y muere
como muere el día,
del que calla cada noche
y guarda entre su angustia
cada pedazo de nada.

La tierra debe ser de todo aquel
que tiene sangre de pobre,
del que realiza
un trabajo para el justo,
y otro para su carne también.

La tierra, debe ser
de los que nunca han llorado,
de los que tienen la paciencia
de morir de pie
junto al hambre y la soledad.

Los pobres,
los que tocan el olvido
con las constelaciones
derritiendo sus retinas,
en busca de su pan.
La tierra…debe ser de
los que Dios olvidó en su testamento.


HERENCIA DE DOLOR

¿Acaso los recuerdos mueren
en las manos del tiempo
y, más que congojas,
son delirios inscritos
en el hambre y la pobreza?
¿Acaso debo olvidar las esteras y mi dolor,
cuando recuerdo tu nombre
enmohecido por el alcohol?

Mira mi cara.
¿No te dicen nada mis ojos de niño
sin estrellas y sin pan?
Mis manos frotan al tiempo
para calentar la angustia,
mientras el hambre busca en el horizonte
las galletas imaginarias
que me socorrerían.

Papá,
hoy escribo ese nombre
que nunca pude pronunciar.
Levanto mis manos,
suplico el amor tardío
entre tanta congoja encerrada,
busco en la mente
todas las veces que lloré
detrás de la puerta del zaguán
donde quedé dormido
esperando en vano tu regreso.
Yo quisiera saber
si el peso de mis años
debe sucumbir entre las olas
de este océano que me agobia
y me arrastra hacia la angustia,
cuando recuerdo tus pasos invisibles.

Nunca pronunciaste mi nombre…
Nunca disfruté tu abrazo…
Nunca me encendió tu beso…

Más caricias recibió la copa
que mis mejillas pálidas.

¡Cuántas veces
me quedé con los brazos levantados
esperando tu respuesta!
¡Cuántas noches mi sueño tiritó
esperando que tú lo cobijaras!

¿Acaso debo perdonarte?
Sí.
Gracias a ti, hoy tengo vida.
Y gracias a la vida, soy poeta.


ECUACIÓN

Una ecuación de desaciertos
fue lo que quedó
después del aguacero.
Una noche agredida,
un aire huérfano,
una luz apagada
y un teorema sin resolver.

¿Quién entonces arrebatará
a las horas
tanta ilusión desvanecida?
¿Quién, en su locura,
tocará la puerta de la razón
esperando resultados?

¿Quién resolverá la ecuación del mundo
para que sea más humano?
Nadie se atreverá,
nadie querrá herir a la vida
y tener que morir también.

Solo nos queda esperar
la respuesta de las incógnitas.


REGRESAN LOS PÁJAROS

Bajo de las nubes pasan
no se detienen en las copas altas.
Arañan la sustancia de su vuelo.
Pedro de Rivera

Miles de ojos atraviesan la distancia,
vigilan cada trazo de la luz.
Odian los espejos desafiantes
que calculan la profundidad de su mirada.

Ojos de pájaros,
vigilantes del dormir de los hombres
y sus máscaras complejas,
dibujadas en la pared de los sueños.
Adivinanza que se muestra
y hace y deshace los nudos
que nos atan la memoria.

Aves de ojos poderosos,
lentes convexos
que vigilan nuestras curiosidades
y destapan el sueño
para volverlo realidad.
Vuelos abrazando segundos,
ojos que miran verdades,
alas rogando perdón.

Avecillas que disfrutan el campanario
donde con vivacidad
entonan la sinfonía del regreso.
Volátiles seres
capaces de detener al silencio
y anunciar el barullo de los mensajes
que gorjean desde su cuello.

Miradas
que renombran a los amanecidos
y dan sonrisa al silencio.
Hermosas formas de enfrentar al temor
a la sombra y al misterio.
Pájaros que regresan hoy
como lo hicieron ayer.


LO INFINITO DE LOS PASOS

Los pasos son huellas indelebles,
nadie los podrá borrar,
ni repetir.
Su tamaño define
el acierto de las ideas
y escribe en los mosaicos
muchas razones dispersas.
Algunas veces marcan la proclama
de lo vano y lo maltrecho.

Ellos indican la ruta a seguir
después del descanso:
caminar con acierto,
medir la distancia que falta
para llegar al sendero previsto
y liberar el rostro de los hombres
ocultos en el ir y venir de las sorpresas.

Los senderos malogrados
son viajes perdidos en la historia.
Testigos de los pasos desgastados
en las tantas tragedias recorridas,
de ese peregrinar en busca de la verdad.

Todo camina como lo hace viento,
el huracán o la ventisca azul.
Los pájaros entonces
anunciarán su sinfonía
y todo será entonces,
alegro fortísimo,
cantata del tiempo
en Mi bemol sostenido.


CARLOS ENRIQUE RIVERA CHACÓN (12 de abril de 1942, Costa Rica). Es un poeta y profesor. Inició la educación secundaria en el Instituto de Educación de Turrialba y la finalizó en el Colegio San Luis Gonzaga. Ingresó a la Universidad Nacional y se graduó como, profesor de enseñanza primaria y de Ciencias Generales. En la Universidad Estatal a Distancia obtuvo el título de bachiller en Administración Educativa-En la Universidad de Costa Rica se licenció en Biología y en Administración Educativa con énfasis en currículum. En esa misma casa de estudios cursó la maestría en Educación. Ha publicado los siguientes poemarios: Semilla e camino y el Milagro de mis manos (1960), Pequeñeces (1962), La Epopeya Blanca (1970), Agudo atardecer (1985), Instantes Azules (2014), El invierno que faltaba (2017), Raíces de la Tarde (2018), Sinfonía del Ayer (2019), Apología de la Mirada (2021). En imprenta Hasta el quinto elemento, Regresaron los pájaros.


Cortesía del autor

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