Amatofobia: Un cuento del mexicano Luis Mejía

Esa mañana me sorprendió un recuerdo de Roja Playa sobre las sábanas. Los perros ladraban tanto y tan fuerte que, todavía dormitando, con los ojos cerrados y renuente a despertarme, pensaba en la posibilidad de un temblor. Dicen que los perros sienten esas cosas antes de que sucedan. Hacía calor, pero distinto. No podía quitarme de encima esa enorme cobija de mala leche que eran los ladridos, pero no quería quitarme de encima la posibilidad de seguir durmiendo, tan desvelado como estaba. Me revolvía, incómodo, en la cama y algo me raspaba la piel de manera insistente por más que buscaba evadirlo. De mi lado izquierdo sentía lo rasposo y yo me refugiaba de mi lado derecho: hacía una casita en la esquina formada entre mi colchón y la pared, pero, luego, al moverme otro poco, el molesto material parecía multiplicarse, perseguirme. Quedé harto, exhausto. Al final, después de mucho pelearme con el mundo, abrí los ojos para saber qué chingados había en mi cama.

Llegamos muy tarde ya. No nos dio tiempo de hacer nada el primer día, únicamente beber refresco, ver las olas y comer algo. Los lugareños nos trataron de una manera muy hospitalaria. Recuerdo la mojarra de ese día, dudo haber comido algo mejor en mi vida. Cuando la noche se hacía más evidente, un hombre del lugar se acercó a recoger la mesa. «No se acerquen al mar en la noche, dicen que la arena arrastra». Le agradecimos mucho su preocupación. Se la agradecimos mucho. También reímos de la confusión, es la marea la que te arrastra.

En la playa estaba marcado el límite hasta el que podíamos acercarnos al mar durante la noche. Lo respetamos todo el tiempo. Había unas pequeñas luces que se alcanzaban a ver cuando el agua se estrellaba con la arena. Nos dijeron que eran una clase de parásitos inofensivos. El espectáculo era precioso. Jaco, el hombre que nos advirtió, se reía mucho de nuestra felicidad al ver el fenómeno, también lo hizo Miguel, el hombre encargado de que nadie entrara al mar ante la noche.

«¿Quieres?». El ruido blanco que hacían las olas casi hace que pierda en el infinito de la nada, pero Tere, mi hermana, me trajo de vuelta. «No manches, está increíble, nunca me lo hubiera imaginado», le dije mientras tomaba el refresco helado que me ofrecía. Ella bebía cerveza. «Tampoco se me hace raro que no lo imaginaras, casi ni eres negativo. Te dije que vinieras. El calor es otro, ¿no?». Asentí. «Guárdamelo, voy a nadar. Si se empieza a calentar, te la tomas». Me dejó las palabras en la boca, yo ni siquiera bebía cerveza. Esa tarde bebí cerveza.

Tere solía nadar mar adentro, era una gran nadadora. La mejor de nosotros. A mí me daba algo de miedo que entrara tan profundo, pues la multitud de esguinces acumulados en mi tobillo derecho me impiden nadar mucho tiempo. Yo me quedaba siempre a la orilla, viéndola, remojándome máximo hasta el cuello, esquivando las olas.  A veces regresaba, emocionada, para presumir que encontró algún pez extraño o decirme que iría más lejos la próxima vez, que no me preocupara.

El resto de la gente a nuestro alrededor permanece difusa. Disfrutaba tanto la calma que no me preocupaba por el desasttre, usual con nuestros compañeros de palapa, pero Jaco, el local que nos advirtió la primera noche, era muy agradable. Nos contaba leyendas de la zona, comía con nosotros… El hombre tenía también gran conocimiento acerca de las constelaciones. La falta de iluminación artificial en la zona le permitía mostrarnos las osas, el cinturón de orión y de más cosas que no repetiría incluso si pudiera, no tendría ningún sentido, pues jamás podría replicar lo sucedido esas noches.

Cuando en la mesa, con Lila, mi hermana sacó un porro; me descoloqué mucho. No tenía idea de que Tere fumara. No es que lo viera mal o algo así, simplemente no tenía ni idea. La noche en Roja Playa estaba plagada de estrellas, tal como la vez en que Jaco amenizó la madrugada. Quisimos verlas de otra forma antes de irnos al día siguiente. Él no quiso, dijo que después, quizá, nos alcanzaría.

Nos acercamos a la playa con los sentidos un poco embotados. El azul de la noche era distinto, el calor era distinto. Tere puso en el suelo una cobija y nos sentamos los tres, Lila, Tere y yo. Pusimos algo de música y comenzamos a beber el vino de la botella. Éramos tan felices… La luna, rojiza, se reflejaba en el mar. Parecía una noche mágica. «No se acerquen al mar en la noche, dicen que la arena arrastra», escuchaba decir al cielo estrellado. Lila me jaló hacia ella y, de la nada, comenzó a besarme. Yo no supe bien qué hacer. Escuché a Tere levantarse. «Los veo mañana», dijo.

No sé cuánto tiempo pasó hasta que desperté, todavía de noche; Lila se había ido, supongo que estaba molesta ante mi sutil negativa al quedarme dormido. Fui a buscar a Tere a la casa de campaña, no estaba. Busqué a  Jaco para preguntar, pero ya se había ido. No la encontraba por ningún lado. Cuando le pregunté a Lila, enredada en los brazos de uno de nuestros compañeros de palapa, si la había visto, me dijo que no, que no desde que se despidió.

Grité su nombre en todos lados. Grité su nombre.

Desesperado, consciente de la loca espontaneidad de mi hermana, corrí al mar. «¡Nadie ha entrado, yo he vigilado toda la noche!», me gritaron desde alguna parte. Pero no hice caso. ¿Dónde estaba Teresa? «¡¿Qué estás ha…» fue lo último que escuché antes de sumergirme?! Cuando tenía oportunidad gritaba su nombre. El rugido del mar me respondía. El pie comenzó a dolerme. Escuchaba gritos a mis espaldas. Alcé la cabeza y vi una enorme ola erigirse frente a mí. Era tan grande y tan pesada que me arrastró de vuelta a la orilla. Me revolcó de tal manera que no sabía lo que pasaba, sólo sentía golpes en todas partes, agua entrando a mis ojos y boca. Llegaron los demás a recogerme, mi cuerpo lleno de cortes por la arena. Nadie había visto a Tere. Lloraba, mientras sacaba puñados de arena de mi bolsillo.

Los perros ladraban tanto y tan fuerte que, todavía dormitando, cerrando los ojos y renuente a despertarme, pensaba en la posibilidad de un temblor. Dicen que los perros sienten esas cosas antes de que sucedan. Hacía calor, pero distinto. No podía quitarme de encima esa enorme cobija de mala leche que eran los ladridos, pero no quería quitarme de encima la posibilidad de seguir durmiendo, tan desvelado como estaba. Me revolvía, incómodo, en la cama y algo me raspaba la piel de manera insistente por más que buscaba evadirlo. De mi lado izquierdo sentía lo rasposo y yo me refugiaba de mi lado derecho, hacía una casita en la esquina formada por mi colchón y la pared, pero, luego, al moverme otro poco, el material que me molestaba parecía multiplicarse, perseguirme. Quedé harto, exhausto.

Al final, después de mucho pelearme con el mundo, abrí los ojos para saber qué chingados había en mi cama. Ahí estaba ella, tranquila, inocente, como si no hubiera pasado un solo día, descansando sobre la sábana. Me habían molestado sus cabellos largos, pajizos sobre el colchón. Esa mujer dormía como si le hubieran dado un tranquilizante o algo por el estilo. No pude reprimir un abrazo y una lágrima, la abracé con todas mis fuerzas, cerrando los ojos. Dije su nombre.

La noche anterior el calor era sofocante. Mi madre me lanzó una bermuda y me sugirió ponérmela. Eso hice. No había manera de recordar que era la misma que llevaba aquella vez. No había manera de saber que todavía no había abandonado esos bolsillos. El calor era otro.

«No se acerquen al mar en la noche, dicen que la arena arrastra». Jamás imaginé que se refiriera a esto. Dije su nombre. Mi madre entró a mi cuarto al tiempo para verme abrazando un rasposo recuerdo de que mi hermana ya no estaba. Me preguntó qué me pasaba, abrí los ojos. Lloré mientras recogía los granos esparcidos en la sábana de arena.


JOSÉ LUIS MEJÍA MÉNDEZ. (CDMX, México, 1995). Licenciado en Lengua y Literaturas Hispánicas por la Universidad Autónoma de México (FFYL, UNAM). Director del proyecto Palabrerías. Tallerista de Narrativa para principiantes y Redacción. Ha publicado cuentos, poemas y artículos en las revistas La peste, Revista Estepario, Palabrerías, Teresa Magazine, Tintero Blanco, entre otros medios. Ha colaborado en distintos proyectos editoriales con la Coordinación Editorial en la Facultad de Arquitectura (UNAM), Trabajadores de la Edición, Phaino Editores, Revista Zompantle, Primera Ley y El 3scribano. Coordinador de En la web: antología de relato web en español (Palabrerías, 2018) y El cuento en cuarentena. Breve testimonio de cuento durante la pandemia covid-19 (Palabrerías, 2021).


Cortesía del autor

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