El dejavú de la tormenta | Byron Ramírez

DESAMPARADOS

I

Son estas calles prohibidas
las que recorrí dormido alguna vez,
de norte a sur,
las que aguardaron los secretos de mi infancia,
los juguetes rotos,
los libros de más y mil retratos.
Todo se ha perdido.
Aquí donde estamos ahora,
(estatuas de cal bajo la lluvia),
alguna vez surgieron otros huesos,
otras palabras con mayor sentido
y se izaron campanadas en señal de libertad.
Alguien habló de tiempo.
Mañana existirá otro pueblo.
Mañana nos sentaremos a bebernos el pasado
sin tanta desidia taladrando nuestras sienes.

II

Pero yo no hablo de esperanzas,
pues la poesía nada sabe
de esa luz que se desvive
por no apagarse en nuestro aliento
y que se aferra con las uñas
a un horizonte nuevo, tan lejano.
La poesía solo sabe del dolor,
de ese barrio que nunca descansa
pues no puede cerrar sus ojos
un segundo, sin presentir la bala saliendo de la boca
como una boa entre los árboles,
el cuerpo tendido de un estudiante sobre el asfalto,
el policía lavándose la sangre en casa ajena
repitiendo de memoria sus excusas,
mientras el ruido de las sirenas
rompe el silencio en azulejos.
La poesía solo sabe del dolor
cuando el escalofrío se apropia del oxígeno
y no se puede mirar al cielo
sin sentir el calor amargo de esa daga
perforando el esternón,
la amenaza de ser arrebatado del mundo
por el mundo,
o el desequilibrio que supone ser humano
a mitad de un destino sin memoria.
Y no tenemos manos enormes
para arrancar las fronteras, una a una.
Y no tenemos mejor forma de gritar.
Y no tenemos más armas que el simple acto
de escribir hasta la sangre
lo que nos asfixia,
lo que nos ofrecen y nos quitan,
lo que nos obliga a desconfiar del vecino
con tanta rabia y necedad.

III

Son estas calles prohibidas
las que ahora regresan a nosotros
en forma de buitres o de sueños
y se abren para nosotros como avenidas,
sin que podamos caminarlas
con estos pies empapados de sangre.


MÍNIMO LIBRO DE PÚAS
(Fragmentos)

I

La lluvia clava semillas en los muros
y, al mismo tiempo, ahoga a los insectos de la tierra.
Es esa su venganza:
Todo lo que toca
muere o resucita.

VI

Infancia:
Esta montaña por la que ahora desciendo,
sin cabeza.

X

Dime, Magdalena,
¿dónde queda Dios
cuando te marchas?

XI

Regresar a esa noche
con los pies cansados
y poder besar y poder cantar
sabiendo que afuera
otros besan y otros cantan.

XII

Pues ese frío no adivina
nuestro plan perfecto
ante su ataque
-sentido único después de todo-
Un gemido sobre el roce desplegado
y, con el trote de un ejército pacífico,
una cadencia de labios
acercándote.

XV

Desnudez, de tu sed aprendo.
Expongo ante ti
el deterioro de mis máscaras.

XVI

Terminó la hora del milagro.
El animal bajo tus piernas
decide ofrecerse en sacrificio.

XIX

Al fondo del espejo,
sonríe mi padre,
llorando.

XXXII

La guatusa que duerme en el patio,
empapada,
trajo de las montañas El diluvio.


SEGUNDA PERSECUCIÓN

I

El ayer te busca para matarte.
Trae consigo la culpa y la derrota,
tarántula que pretende hacer de tu cráneo
hueca madriguera.

Te busca, el ayer. Ha sido escogido
entre todos los días de la historia
para seguir tus huellas en la selva
y cazarte de un disparo.

Te pesa la nuca. Sientes frío…
Tus palabras se comen a sí mismas
y ya no puedes huir:
has hecho tuyo el dejavú de la tormenta.

II

Se hizo la sombra…
El ayer te pinchó los tendones de ambos pies,
entre el talón y el tobillo, y pasó correas por las aberturas.
Ahora te ata a la trasera de su carro,
disponiéndote de modo que tu cabeza sea arrastrada.
Dos pulmones inhalan profundo su propio sudor adulterado.
Ruido y niebla. Todo ha sido lo que es.

III

Así te arrastras, Priámida,
entre un torbellino de polvo,
y se rasgan tus cabellos negros
y se hunde en el polvo tu cabeza.

El camino se angosta conforme avanzas tan herido.
Germina el desaliento en madrugada
y es pura desmesura la actitud del cuerpo que se quiebra
descubriendo un sendero de sangre para el mundo.

IV

¿Recuerdas aquel llanto?
A punto de amanecer, todos te miraban.
Querías despedirte de tu hogar, de tus hijos, de tus cosas,
de todo de lo que alguna vez amaste,
pero estaba hecho: Todos te miraban.
Tu memoria al rojo vivo,
rojo vivo las playas, la carretera, los edificios,
rojo vivo la mirada del ausente, las avispas,
rojo vivo la lengua nocturna de aquella muchacha
y su vientre y el fruto de tu auxilio,
rojo vivo los fantasmas en las ventanas de tu alcoba,
rojo vivo tus palmas derretidas frente al fuego,
la ciudad de los otros, nunca tuya,
rojo vivo tus cuarenta años, la luna y su horror de madre,
rojo vivo tu cuerpo petrificado al fondo de la plaza,
a punto de asfixiarse entre signos y preguntas.

V

Con derecho al silencio,
un zopilote escarba en tu vientre
⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀en busca de larvas.
Los talones te arden, pesadilla:

¿Alguien pudo escuchar el último latido de Abel en el Qasioun?
¡Falso! Nadie pudo haber callado al daimón que rezaba cicatrices
bajo el pecho de su hermano.

Hundíase en el polvo tu cabeza; esa que el Dios de la ciudad
entregó al enemigo para que le ultrajase.

VI

Silencio… El ayer ha dejado a un hombre acribillado en el asfalto.
¡Silencio!… La tercera parte del mar se ha convertido en sangre.


BYRON RAMÍREZ (Desamparados, Costa Rica, 1997). Filólogo, poeta y editor literario. Ha publicado: Entropías (2018, Nueva York Poetry Press, Estados Unidos); Adamar (2020, Poiesis Editores, Costa Rica); y, recientemente, Terra Incognita (2021, Editorial Arboleda). Obtuvo el Primer lugar Certamen Nacional de Poesía Martin Luther King (2017), Primer lugar Certamen Literario Brunca Universidad Nacional (2018), Finalista Certamen Emilio Prados (2018), entre otros reconocimientos. Ha sido compilador y editor general de las antologías Y2K, publicada por la Editorial Estudiantil de la Universidad de Costa Rica, y Nueva Poesía Costarricense, publicada por el Ministerio de Cultura de Costa Rica. Sus poemas, además, han sido distribuidos en diversas revistas internacionales y traducidos al italiano, uzbeko, inglés y francés.


Cortesía del autor

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