El olor de los naranjos | Mateo Mansilla – Moya

RÍO BRAVO

Solíamos caminar 
a la orilla del río 
del lado en que el olor de los naranjos se perdía 
con el de los cuerpos putrefactos 
de los catanes 
que los niños habían abandonado sobre la arena. 

Eran los días 
en que la sal del Golfo 
nos raspaba la nariz 
y la tez del cielo 
se volvía la nuestra. 

Habíamos aprendido a jugar con el sol 
al otro lado del río
donde aún podíamos escuchar 
que alguien nos esperaba. 

Conocíamos 
el lenguaje de las plantas 
porque las habíamos contemplado 
dialogar con sus sombras. 

A pesar de que eso nos reconfortaba 
y nos hacía sentir en casa, 
nos sabíamos extranjeros
en el lugar al que alguna vez 
llamamos patria. 


TOQUE DE QUEDA

En aquél entonces 
la noche sonaba al motor V8 
de un viejo Mustang 
azul cromado 
con placas de Texas. 
El zumbido que empezaba 
en un extremo de la calle 
hacía vibrar los mosquiteros en las ventanas
y levantaba la tierra que el paso de los carros 
había amontonado a los costados de la vía.
Cuando el brillo azulado del Mustang
pasaba como fantasma por la ventana 
rascando el viento 
apagábamos las luces 
y esperábamos a que se perdiera 
al otro extremo de la calle 
donde el pavimento cedía a la terracería 
y se levantaban las lápidas 
del antiguo cementerio comunal. 
Entonces nos asomábamos 
por el borde de las cortinas 
y descubríamos a la oscuridad del cielo 
descender en el polvo 
hasta asentarse
de nuevo 
en el pavimento. 
Era hora de dormir



LA MIGRA

Vi a seis hombres armados subir a un camión 
que se dirigía al norte de Texas. 
 
Sentado en un banco de la central 
vi a los seis hombres bajar de una patrulla 
y entrar a la estación de camiones 
como si algo grave hubiera sucedido. 
 
Caminaban deprisa 
vestidos de verde pino 
con las manos listas para desenfundar 
sus armas 
y en sus lentes oscuros 
ocultaban la misma ira 
con la que el viento ardiente 
azotaba sus rosadas caras. 
 
Nada había pasado en la central 
por Dios 
pero los hombres iracundos 
se abrían paso 
a toda velocidad 
por entre las maletas y los pasajeros 
con la mirada fija en un Greyhound. 
 
El sol se hundía en el parabrisas 
cuando abordaron la unidad. 
 
Momentos después 
como en una procesión 
descendieron los seis uniformados 
tomando por el brazo 
a una señora chica, chiquita 
que parecía un niño a su lado. 
 
Era el otoño. 
La rama de un olivo 
se partió en dos.


DETUVE LA CAMIONETA

Detuve la camioneta
cuando un grupo de hombres armados me lo indicó. 
Enfrente había un auto estacionado 
sobre el boulevard 
a un costado del canal Anzaldúa, 
un extenso hilo de agua 
donde los niños nadaban con dirección al sur 
y los hombres pescaban 
lo que la corriente 
había arrastrado consigo 
desde el Río Bravo 
 
La tarde olía a las naranjas 
putrefactas 
que la gente no recogía 
en esa tierra de nadie 
 
El auto estaba rodeado 
por personas que cubrían sus rostros 
con pasamontañas 
y que retenían en su pecho 
las siglas de la muerte 
 
Los sin cara 
apuntaban sus fusiles de fuego 
a una mujer cuyo rostro 
se hundía en el pavimento. 
La tomaron por el mecate 
que amarraba sus brazos por la espalda 
y la arrastraron a la orilla del canal 
frente a mis ojos 
 
Ella cayó de rodillas 
en un cuadro de pasto seco 
 
El sol quemaba al horizonte 
de rojo 
 
A donde se dirigiera el río 
sus aguas arrastraban consigo 
la muerte


MATEO MANSILLA – MOYA (Ciudad de México, 1994). Es fundador y Director General de Cardenal Revista Literaria. Ha publicado dos poemarios: De sueños rotos, promesas olvidadas y un final feliz (Acribus editorial, 2016) y La temporada de ballet clásico ha terminado (Buenos Aires Poetry, 2019). Ha publicado en las revistas Mood Magazine, Por Escrito, El puro cuento, y en numerosas revistas de investigación jurídica. Recibió una mención honorífica en el Decimocuarto Concurso Nacional de Cuento Preuniversitario “Juan Rulfo”, convocado por la Universidad Iberoamericana de la Ciudad de México y la Fundación Juan Rulfo. Participó en el 7° Rio Grande Valley International Poetry Festival (2013) y en el 9° Festival Internacional de Poesía Ignacio Rodríguez Galván (2019). Estudió Derecho en el Colegio de Derechos Humanos y Gestión de Paz de la Universidad del Claustro de Sor Juana.


Cortesía del autor

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