La fascinación por lo deleznable | Nora Carbonell Muñoz

MARILYN IMPLORA A WARHOL

Píntame como una astromelia, Andy,
como una flor de altanero hule.
No la gardenia que nunca fui.
No la chica semidesnuda de rojo.
No el flash que me encandilaba ni la sed del insomnio.
Como un basilisco, Andy,
como una luciérnaga en el pasadizo de la noche,
como una canción de Sinatra
en la herbívora paz y el melocotón amor de 1960.
Multiplícame, Warhol, con todos mis espectros,
el naranja de la soledad que subía por las escaleras,
el fucsia de las sombras en mi ventana,
el oscuro del silencio al otro lado del teléfono,
el azul en las cápsulas de la muerte,
el fútil ocre de la leyenda.
Exhíbeme sin pudores, Warhol,
como una marca registrada,
como si el lunar en mi rostro
fuera el blanco para tu icónica fealdad.
Entre mis dientes, tu corazón triturado.
Sobre mis pestañas, el bálsamo de tu insolencia.
Entre los dos, la condición humana.


EL REMO EN LA PARED EXTRAÑA AL MAR

El remo en la pared de un bar
extraña al agua,
la sinuosa humedad
que lamía sus hendiduras,
el chasquido abierto bajo su golpe,
la curvatura del río sobre el cauce de arena.
Una bella mujer atraviesa entre las mesas
y la levedad de su sombra toca el remo.
En su abandono,
el exiliado despierta a humanas fantasías.


LA HIJA

La hija no fue la vida que creció en mi vientre,
la hice con arena imaginada
como dicen que Dios creó al primer ser.
Yo quería que fuera banal y alegre,
pero me heredó todo:
la errancia por caminos sin tránsito
el temblor entre las multitudes,
la locura por las líquidas palabras,
la fascinación por lo deleznable,
la furia contra las razones injustas. 
Después se fue sin despedirse. 
Lo comprendo: las hijas, los hijos
son prestados, como dicen.
O quizá la hija fui yo misma
en una vida de antes.


CALIGRAFÍA DE LOS SENTIDOS

I. Hellen

Las manos de Hellen Keller son pájaros ciegos.
Descubren la textura de las montañas
en la aspereza de los muros,
y en el alar de sus dedos
la lluvia deja un aroma a río.
Hellen usa las manos, piel expuesta
a su boca sin palabras; nunca
los cuchillos, barreras entre
su hambre y el mundo oscuro.
El silencio toma apariencia de padre y madre,
de mesa y abejas que danzan en las tinieblas;
también de baba en los caracoles rojos.
¿Cómo nombrar, Hellen, el aire que enfría
los huesos como la muerte?
¿Cómo se llama la calidez,
cuando algo que no es el amor
te cubre el cuerpo bajo las tardes de septiembre?
¿Cómo sanar la herida acerba de la impotencia?

II. Anna

Anna Sullivan no puede ver el horizonte,
pero conoce el corazón-equipaje
del viento que silba su elegía del viajero.
No estás sola, Anna.
Tu madre muerta, tu padre muerto,
tu perro muerto, tus ojos en sombras;
pero tú, viva y encendida igual a una llama
en la espesura del combate

Anna, búscate en otra que no encuentra las palabras.
Sustancia de luz son las palabras, tú tienes la luz, Anna.
La otra tiene la andadura de sus manos.

III. Hellen y Anna

“Mantén tu rostro hacia la luz del sol
y no verás la sombra” escribió Hellen
en las manos de Anna.
¿Cuál de las dos, maestra o alumna,
cobija el verbo exacto,
la claridad de lo nombrado,
el espejo que refleja el espíritu
y no la materia deleznable?
Hellen y Anna conversan
la caligrafía de los sentidos,
la vibración del tiempo
en la garganta, los signos
del arcano en las constelaciones,
el amor sereno de la compasión,
las palabras que se pueden tocar
como las piedras y el fuego.
Puentes y lámparas son tus manos, Hellen,
dijo Anna.


TRÍPTICO DE LA INOCENCIA Y LA MUERTE

La infancia es un tiempo en que se aprietan los dientes
y se aguanta.
J.M.COETSEE

1. Yuliana plural

Yuliana tiene rostros
de mujer y niña.
Ella sabe que un alacrán
anida del otro lado de la puerta,
pero calla. No sea que el animal
despierte y envenene sus secretos.
En la cárcel del espanto,
Yuliana imagina
escapar por la ventana,
recorrer el mundo
en la bicicleta de la huida.
Esperanzado el mutismo de los inocentes.
Brutal, el silencio de los depredadores.

2. Historia de Aylan

Fue un migrante entre multitudes.
Nació entre el acoso del fuego
y el estruendo de los misiles.
En tres años vivió la guerra
sin alcanzar a repudiarla;
a esa edad, ¿cómo añorar la
felicidad que nunca se ha tenido?
Murió en una playa
como un pez en tierra,
y lenguas bífidas
envidiaron la primicia de su muerte.
Lo imagino vivo, así pequeño
con su camisa roja y sus pies indefensos.
Lo imagino corriendo en un país sin fronteras,
lejos del mal del refugio
y el sudor de la desgracia.

3. Majayura en el desierto

Majayura,
la nieta del desierto guajiro,
la que hablaba
con los lagartos del vecindario,
se ha dormido de hambre
sobre la piedra de lavar.
A su lado, la abuela mira el cielo
y susurra una canción
que habla de un río de espuma fresca,
y de un queso de cabra
que es la luna.
La garra del abandono
estruja a Majayura,
ella no puede alimentarse
como la abuela,
con el recuerdo de tiempos mejores.


NORA CARBONELL MUÑÓZ es una poeta y narradora colombiana. Filóloga con postgrado en Pedagogía de la lengua escrita. Ha participado en Encuentros de poesía en Colombia, México, Cuba, San Salvador, Perú y en la sede del Ministerio de Educación en Madrid, España. Es autora de los poemarios Caligrafía de los sentidos, Voz de Ausencia, Horas del Asedio, Trece Poemas y Medio, Del Color de la Errancia, El Tiempo es redondo y Atormenta y 17 libros de literatura infantil. Ganó mención en el III Concurso de Poesía Internacional Xicoalt (Salzburgo, Austria). Fue ganadora de Concurso Casa de Poesía Silva (Bogotá) en 2012 y 2017. Ha sido publicada en las revistas Viacuarenta, Huellas, Mal de ojos de Chile y Literactiva de México entre otras. Sus poemas han sido traducidos al inglés por la escritora Claire Joycesmith y al italiano por la poeta Silvia Favaretto.


Cortesía de la autora








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