No tenemos tu aplomo, Walt Whitman | Tallulah Flores Prieto

WALT WHITMAN

Porque en algún momento mencionó las fronteras
sabiendo que no existían fronteras
y que nada era seguro, ni las cosas sencillas que no existen,
celebro a Whitman y en su voz me pierdo
porque conviene más saberlo cerca para poder abandonarlo,
inventando otro diálogo de dejaciones que avancen,
o proximidades más propias para celebrar el tiempo.

Canto de sí mismo, yo me canto
y me apropio de mí, de los que vienen,
porque así lo pediste y yo me creo
y creo en mi época de tristezas vanas y de muerte,
y en el futuro tan vano de tanta vida que no tendré.

No soy original, tú lo dijiste, y no he de serlo porque no significa nada.
Porque hablamos del mar, y tocamos el mar, y viajamos el mar,
porque todo es sequedad
y vemos lo que podemos ver del pasado y del presente.

Porque no conocimos el verdadero río ni al verdadero hombre, 
y saltamos sobre el estiércol y construimos sobre él.
Porque arrojamos discursos sobre la tierra mojada y sobre la tierra seca,
y nos hacemos preguntas para pensar el tiempo, porque incomoda el tiempo.
Entonces, yo lo digo para que tú lo celebres.

¡Incorregible melodía! 
Tocas mi oído, aunque no te pedí.
La sé desde siempre y no me hace feliz.

Tú te hiciste feliz invitando a tu alma a observar un tallo de hierba del verano.
Nosotros observamos los tallos de la única estación
y somos con el misterio débiles.
No tenemos tu aplomo, Walt Whitman.

Te hemos ganado en muerte.


MESA COMÚN

Sí, ¿pero de dónde este deseo de prolongar la vida?
Ay de nosotros y de nuestras vulneradas palabras,
de nuestros estrechos abrazos en el dolor que nos tocó.

Ay de nosotros y de nuestro infame desconsuelo,
merodeando entre la exaltación y la calma,
entre la voz y el silencio
hasta que nos distrae cualquier atardecer.

El árbol -decimos-,
el árbol, la hoja y tocamos el fruto.
El cielo -decimos-, la tierra traerá cosas buenas
sin duda
y nos sorprenderá en alguna mesa común.

De todos,
la mesa y el fruto,
la sonrisa inconclusa del amigo que miente para poder amar, 
pedazos de ideas en nuestras terribles manos
hinchadas de tanta sensación.

Es el aullido del mar -alguien dice-, en las grietas de mi mente.


ENTRE LA SOMBRA DEL ENCANTO

Y hé aquí que hoy, Roque Dalton, no asesinaron al cisne.
A eso de las siete
se llenaron las tribunas
y nuestros cuerpos se plantaron como árboles
en turbulencia y en sosiego.
No asesinaron al cisne.
Fuimos riego de luz
por un instante
hojarasca, osadía, atrevimiento,
un exceso de realidad
por centenares
que supo flotar en el silencio y duele
porque todo ha sido palabra-tachadura:
la persecución, el crimen, la masacre.
Cenizas pasajeras que se juntan, se dispersan
para perderse en lo más ancho del tiempo, en el olvido.
Lo que quedó de un hombre perseguido por la Sombra, somos.
Lo que quedó de las madres tras los huesos de sus hijos,
vertidas ellas en el mar que los extiende,
o en la celeridad del río, somos.
Somos lo que pasó y está pasando todavía.

Pero entonces, leímos:
Sus estertores anegan de suciedad los trajes de los transeúntes.
Y lo supimos: fuimos la misma llaga antigua y nueva,
el barro, el animal fundido ya en el tronco
mientras la hora hacía maravillas.
Oh, luz iluminada que hoy pareces tan nueva:
que tu silencio no ensordezca a los verdugos.
Que confusos de vivir,
se plieguen solemnes en la plaza.
Que sus manos penetren los corredores de los árboles,
y excaven la memoria toda
antes de que este claro de luna disipe tu nombre, Roque Dalton,
y borre las tinieblas de la noche.


DE BAJAR AL INFIERNO DEL SUBSUELO


¿O será ante nosotros culpable
El enviado ángel del cielo? 
Arseni Tarkovsky

A Camilo Iriarte Flores,
por ser quien es,
y por Tarkovsky, el hijo.


Que nos disuada la noche,
que asole nuestra voz,
que tome una a una tus malas palabras y las mías, 
y las de ellos pausadamente las acuñe
hasta ser un testimonio más del tiempo que llevamos a cuestas.

Para entonces discurrir desde la orilla,
usurpar el valor de nuestros muertos,
delatar con furia nuestra desvergüenza, 
por haber pasado de mano en mano cada frase cifrada
que sufragó el hambre de todos y el silencio.

Y que se haga la luz,
que un nuevo río de palabras nos guíe con algo de piedad
para extraer agua de boca del cielo subterráneo,
para poder decir he aquí a los muertos,
sus pies desnudos intactos todavía,    
una cinta, un vestido azul, los incontables ojos
bajo el velo que descubre los labios dañados de una niña. 

Cabezas sueltas
Trozos
Una mano, una más, otra en reposo
asida de otra mano a las tarullas del Caribe.

Y que se haga la luz
sobre este cuerpo derrotado que es la piel de todos,
porque alguien nos mira ahora
y sus ojos son rápidos,
y la lluvia arrecia,
y no hay tiempo,
ya no hay tiempo suficiente,
y debemos marcharnos con sigilo.   

No obstante, algo nos dice que sabremos llegar.
Todo está claro.
Llegaremos a casa
con un puñado de piedras en las manos,
con el odio y el frío entre los huesos.


TALLULAH FLORES PRIETO nació en Barranquilla, 1957. Es docente, poeta y traductora. Sus poemas han sido incluidos en colecciones tales como Oír ese río; Voces de poetas mujeres colombianas (un libro por centavos); Poesía Colombiana, Ediciones Confabulación; Un país que sueña, Cien años de poesía colombiana, Embajada de Colombia, Assírio & Alvim, Portugal; Revista Unión Nacional de Escritores, Rumanía; Caravelle, Cahiers du monde hispanique et luso.bresilien, Francia; Como llama que se eleva- Ediciones Exilio, y Ellas cantan, selección de poetas hispanoamericanas, Universidad Externado de Colombia. Sus poemas han sido traducidos al inglés, francés, chino y rumano. Publicó Poesía para armar, Cinematográfica, Voces del tiempo y Nombrar las voces. Ganó el Premio de Poesía del Festival de Curtea de Arges, Rumanía. Su obra, bajo el título El revés de la caída, fue publicada por Uniediciones, Zenócrate. Es cofundadora de PoeMarío, el Festival Internacional de Poesía en el Caribe, y miembro del Consejo Editorial de la revista víacuarenta (Biblioteca Piloto del Caribe).


Cortesía de la autora




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